Suicidio de niño de 12 años inspira a su abuela a lanzar la campaña ‘No te rindas’

Tribune Content Agency

BELLEFONTAINE, Ohio — Cuando Dana Fullerton se detiene en la ventanilla de autoservicio de McDonald’s, una colección de estacas metálicas y letreros blancos de plástico tintinean en la parte trasera de su Ford Escape roja.

Le entrega al cajero su tarjeta y dos pulseras en blanco y negro estampadas con las palabras “Tú importas” y “No te rindas”.

“Uno es para que lo uses y otro es para compartirlo”, le dice.

Es su lema.

Fullerton sonríe cuando la persona en ventanilla le agradece; a las personas a menudo les sorprende recibir tal dosis de amabilidad tan inesperada.

El maletero del auto de Fullerton está lleno de cajas de carteles con letras negras que transmiten mensajes similares: “Tú importas”, “No te rindas”, “Eres digno de amor” y “Tus errores no te definen”.

También hay tarjetas y camisetas esparcidas en la parte trasera del vehículo de Fullerton, que lo utiliza como su centro de operaciones para difundir esperanza y amor en el Condado de Logan, al noroeste de Columbus.

Conmocionada

En marzo, la mujer de Rushsylvania perdió a su nieto de 12 años, Drystyn Turner, por suicidio. Fullerton estaba luchando para dar sentido a la pérdida y lidiar con su dolor cuando se topó con un video sobre el Movimiento No Te Rindas durante una reunión de iglesia.

“Estaba conmocionada”, admitió Fullerton, de 56 años. “Veía a las otras chicas de nuestro ministerio y me decía: ‘Yo puedo hacer eso’”.

Amy Wolff, quien inició el movimiento global de prevención del suicidio hace dos años colocando 20 carteles en patios con mensajes de esperanza en su pequeña ciudad en Oregón, inspiró a Fullerton a dar seguimiento a la causa con un grupo local.

Entonces Fullerton comenzó a hacer publicaciones en páginas de Facebook en Rushsylvania y las cercanas Belle Center y Bellefontaine: “¿Alguien está interesado en uno de estos letreros?”

La gente lo estuvo.

Hicieron comentarios sobre sus publicaciones y compartieron sus propias historias de depresión, duelo y seres queridos perdidos. Fullerton contactó a cada uno de ellos.

Ella ordenó un lote de carteles y pulseras en el sitio web de Wolff y se reunió con un grupo de voluntarios en Bellefontaine para recolectar donaciones.

“No sé lo que estoy haciendo”, recordó Fullerton haberle dicho a todos. “No estoy calificada, no tengo un título, pero quiero ayudar”.

SIN RESPUESTAS

Drystyn amaba a los animales. Le gustaba dibujar y era miembro del coro de la escuela.

“Era un niño dulce y alegre”, describió Fullerton.

Recibir la llamada sobre su muerte por parte de su hijo Andy, sacudió a Fullerton.

“Lo que más lamento”, dijo, haciendo una pausa para recuperarse, “es que no estuve lo suficientemente cerca de él”.

Durante la mayor parte de la vida de Drystyn, fue una abuela distante, explicó Fullerton. Andy y su esposa, Ginger, vivieron en Columbus con Drystyn y su hijo mayor, Aaron, durante años, y Fullerton no los vio mucho hasta que se mudaron al cercano Zanesfield en 2017.

Ella no sabe por qué se suicidó Drystyn o cómo se sintió en los días y semanas previos a su muerte.

Pero Fullerton atesora sus recuerdos de haber recogido a Drystyn después de la escuela. Lo llevó a su casa tras recogerlo en el club de arte apenas una semana antes de que muriera.

Ese día, en el auto, un amigo llamó a Drystyn y este le dijo a la persona que llamaba que estaba ocupado.

“Dijo: ‘¿Puedo colgarte? Estoy con mi abuela y realmente quiero pasar tiempo con ella’”, recordó Fullerton, sonriendo entre lágrimas.

Después de su muerte, ella simplemente no quiso tirarse en el sofá con su duelo.

“La vida es difícil, pero no todo gira en torno a ti”, dijo Fullerton. “Todo el mundo sufre, y es por eso que debemos ser buenos unos con otros”.

MENSAJE DE ESPERANZA

Los letreros de “No te rindas” refuerzan el mensaje de aceptación que Camp Wesley en Bellefontaine comparte con sus nuevos campistas cada semana, comentó la directora Ashlee Phillips.

Camp Wesley recibe a muchos niños del centro de Cincinnati y Dayton, y muchos de esos campistas tienen historias cargadas de dolor y familias rotas, agregó Phillips. Es parte de un conjunto de campamentos que opera bajo la dirección de la Iglesia Metodista Unida que proporciona una red de apoyo para los campistas.

“Muchos llegan a nosotros en estados de vida de terapia intensiva”, señaló Phillips. “Intentamos ralentizarlo y convertir la terapia intensiva en ‘Yo te veo’”.

Phillips dijo que ella cree que los letreros de Fullerton son otra manera en que ella y los consejeros pueden demostrar ese apoyo.

Los viernes, los consejeros y el personal sostienen los carteles mientras los campistas abandonan el lugar, con la esperanza de que los niños se lleven los mensajes de aliento a casa.

“No contamos con suficientes personas que estén dispuestas a escuchar”, indicó Phillips. “Tiene que ser un esfuerzo de la comunidad, que es lo que Dana comenzó”.

AYUDANDO A SU CRECIMIENTO

De vuelta en la carretera, Fullerton desestimó la idea de que no debería conducir tanto el auto.

Uno de los cojinetes de una llanta trasera está fallando, según le advirtió su marido, Bryan. Se suponía que lo llevaría a taller de reparación esa misma semana.

Fullerton es una especie de celebridad en Bellefontaine, dejando carteles en toda la ciudad, organizando manifestaciones y saludando a todos con una sonrisa y un abrazo.

A menudo se refiere a sí misma como una ardilla, que brinca constantemente de una idea a otra.

Fullerton también se describe a sí misma como una mujer de la vieja escuela. Creció en una granja en el cercano Condado de Hardin en los años 60 y 70 y, en aquel entonces, la gente no hablaba mucho sobre sus sentimientos.

Nadie se atrevía a expresarse sobre casos de agresión sexual, racismo o de ser parte de la comunidad LGBTQ, recordó. Y rara vez reconocían los pensamientos suicidas.

“Organizar los letreros me ha dado mucha más exposición ante las personas homosexuales, ante los ancianos y me está ayudando a crecer”, explicó.

Señaló una casa donde dejó un cartel para las dos mujeres que viven allí, y otra donde un hombre mayor compartió su batalla contra la depresión.

La gente de la pequeña comunidad de West Liberty en el Condado de Logan celebró recientemente un desfile del Orgullo y le pidió a Fullerton que llevara carteles.

Se sentía incómoda, por lo que otro voluntario terminó yendo en su lugar. Pero Fullerton asegura que lamenta no haber asistido.

“Me da vergüenza decir que mi primer pensamiento fue: ‘¿Qué pensarán mis otros amigos cristianos?’”, confesó. “Necesito superarlo. No importa. Se supone que debemos amar a todos”.

Fullerton deposita su confianza en la memoria de su nieto y en su fe. Adoptar este movimiento la desafió a cuestionar las formas tradicionales en que le enseñaron a pensar y, en última instancia, a ser más receptiva mientras ayuda a los demás.

“No puedo salvar a Drystyn”, concluyó Fullerton, “pero si una persona ve un letrero, cambia de opinión o titubea, valdría la pena cada centavo”.

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